domingo, 27 de julio de 2008

El trofeo de la navidad

Lo vi escondiéndose detrás del camión de los panes, después hacerme varias señas con la mano para que me arrimara a él. No me atreví a hacerlo, preferí quedarme donde me encontraba. A lo lejos vi que metía la mano por un pequeño agujero y rápidamente sacaba dos panes de quinientos pesos. La sonrisa le creció como el cielo, y la expresión de sus ojos era como la mía: estábamos contentos porque íbamos a comer pan después de haber caminado los dos juntos toda la noche y la madrugada, jugando a pisarnos la sombra y a robarnos las latas de cerveza que dejaban tiradas los borrachos que se dormían en la taberna de doña Pancha. Es bueno robarse las latas porque las vendemos en la casucha del reciclaje, y así podemos jugar maquinitas donde la vecina. Los cohetes estallaban en el cielo y los perros corrían asustados buscando un lugar en donde esconderse. Algunos paisanos de mi papá seguían tomando y cantando medio borrachos, y los niños en pijamas salían mostrando por toda la cuadra sus nuevos juguetes. Sebas escondió los panes que sacó del camión y emprendió la huída. Yo miré hacia la tienda y vi al señor que vende los panes sentándose junto con los paisanos de mi papá. Ya no había problema, no seríamos pillados. Un cielo que siempre recordaré era adornado por muchas nubes con formas extrañas. Sebas se escondió en la esquina, sacó los dos panes de quinientos de sus pantalones y desde allá, me hacía señas con las manos para que me acercara a él. Yo corrí con todas las fuerzas de mis piernas. Mientras corría, pensaba en que ahora que comiéramos, podríamos ir a la montaña del perro y cazar algunas lagartijas. A Sebas y a mí nos fascinaba esa idea, y más en un día como este, porque todos los grandes están ocupados pasándola bien, y no tienen casi tiempo para molestarnos.

Cuando llegué Sebas ya se había comido medio pan, y vacilaba para entregarme el otro. Los dos reíamos sin parar. Comimos como los perros que permanecen escondidos debajo de las bancas. Cuando terminamos, le dije a Sebas que mirara el cielo y me dijera qué figura veía en las nubes. Sebas rió y alzó la cabeza. –Es un rinoceronte –dijo él. Yo miré al cielo y me quedé pensando en lo que había dicho. —¿Qué es un rinoceronte? —pregunté. Al escucharme soltó una carcajada, algunas migas de pan brincaban de su boca y caían en mi camisa nueva. —Es como un elefante —respondió—, pero sin el moco y con un cuerno de unicornio en la trompa.

Me quedé pensando por un momento en lo que había dicho Sebas, pero al final no le di importancia porque no entendí nada. Las nubes seguían dibujándose en el cielo, y si uno miraba hacia abajo parecían lunares grandes adornando la calle. Sebas terminó de comer y corrió hacia la montaña del perro como habíamos acordado para atrapar algunas lagartijas. Al llegar a la montaña, Sebas sacó su cauchera y se puso de cuclillas. Esperamos varios minutos en silencio. Sebas mantenía la cauchera lista para que al primer movimiento la descargara en alguna lagartija. Él es muy bueno con la puntería. El viento levantaba un polvo de tierra, y el sol nos quemaba las pestañas. De repente, mientras pensábamos en irnos porque llevábamos esperando una eternidad, una lagartija pequeña de varios colores en la panza apareció a mi vista. Yo la señalé, y él sin pensarlo dos veces descargó con la cauchera una piedra en la cabeza de la lagartija. El animal murió al instante. Yo corrí a cogerlo y Sebas me gritó a lo lejos que tuviera cuidado porque a las lagartijas les gusta hacerse las muertas, y cuando las levantan para llevárselas, abren los ojos y lo muerden a uno. Pero a pesar de haberme dicho todo eso, no tuve miedo y la cogí con mis manos. La lagartija sólo movía la cola. Rápidamente Sebas llegó a mi lado, me arrebató al animal y dijo que era el trofeo de la navidad. La verdad no entendí, pero reí porque todo lo que Sebas dice es para reírse. También dijo que le iba a inyectar gasolina a la lagartija para prenderle candela, y que es muy chistoso hacerlo cuando están vivas. Eso a mí me pareció muy cruel, le dije que no lo hiciera, pero me puso las manos en la boca y dijo que no importaba porque ya estaba muerta. Al final le di la razón. –Ya tenemos mi lagartija —dijo mostrándome el pequeño cadáver en sus manos—, esperemos por la tuya.

Así que esperamos por más de veinte minutos y nada. El sol nos estaba cansando en la cabeza, y la arena crecía a nuestras espaldas y no nos dejaba respirar bien. De repente vimos a un hombre que a los lejos se acercaba. Sebas y yo nos escondimos detrás de un árbol en su espera. Cuando lo pudimos distinguir, Sebas dijo que era su papá. Entonces pegó un brinco como medio asustado, me entregó la lagartija y se fue corriendo. Lo vi alejarse, llegar donde su papá que lo esperaba y protegerse la cabeza mientras le daban varios coscorrones. Luego miré a la lagartija, hice un hueco en la arena y la enterré ahí. La verdad no quería quemarla porque me dio mucho pesar imaginármela en medio de las llamas. Al terminar saqué un trozo de pan que había guardado en mi bolsillo y me fui para la casa comiéndomelo. Los cohetes seguían estallando en el cielo, y los perros permanecían asustados bajo las bancas.

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