Es extraño tener que mirar un espectáculo como este, y digo espectáculo porque adonde quiera que vaya con Lola, parece que estuviéramos en una especie de circo espacial de televisión de los años setenta. Y me da miedo presenciarlo, sentirlo, ser aquel espectador invisible que observa todas las cosas con un detenimiento de muerto tras un vidrio; entonces mis manos no dejan de temblar y sudar, y fuerzas ajenas a mí me poseen, controlan mi cuerpo y no dejan que yo me mueva. La verdad no culpo a Lola; sé que ella es una de esas chicas especiales que no tienden a aburrirse, aquellas chicas que son alegres, radiantes, diferentes… No la culpo, sólo soy su amigo.
Así que veo cómo Lola toma a ese pobre viejo de las manos, que espera el tren del otro mundo, para besarlas con detenimiento, fingiendo un dolor de rayos X, una amargura sociable y una felicidad resistida. Sé que ella lo estima, y es por eso que se toma todo el tiempo del mundo en besarle las dos manos arrugadas y llenas de manchas marrones.
El viejo parece una momia de museo; no dice nada, no se mueve, no parpadea, fuerzas no le quedan para pronunciar la más mínima sílaba. Y todos lo miramos, como si fuera la mayor atracción de aquel polvoriento hospital. Hasta la mamá de Lola (el verdadero pariente del viejo), está sumergida en una especie de admiración que me enferma. Y luego nuestras miradas se entrecruzan distraídas; miradas simples que podrían asustar un vivo amanecer, miradas que no dicen nada en absoluto. Creo que nos miramos para saber que seguimos vivos.
–¡Viejo! –dijo Lola apretándole las manos–, mi pobre viejo sucio. Si me escuchas apriétame las manos. Aquí estamos todos, tu verdadera familia, acompañándote para que no te mueras solo.
Miré a Lola por varios segundos tratando de comprender todo lo que le decía. ¡Qué locura! Yo no pertenezco a su familia; ni loco me emparentaría con Lola. Además, tampoco pienso morirme con este señor. Pero algo en mí hace que piense en mi muerte, en esos ulteriores momentos de mi vida, en la extinción de mi aliento. Entonces sólo me atrevo a mirar a Lola que sonríe disimuladamente, pero ella no me mira. Ahora comprendo cómo Lola maneja estas situaciones, qué tipo de ternura hay que saber fingir. Y más allá de los tres, su mamá permanece en silencio; parece como si estuviera muerta, pero no, sigue de pie junto a nosotros observando con la mirada perdida las flores que la enfermera trajo esta mañana. Y el viejo, ah… pobre. Lola pasa una mano sobre la cabeza rapada del viejo como si quisiera darle un consuelo. Él mueve los párpados y abre los ojos, luego los voltea hacia arriba y todos vemos cómo se ponen blancos, en ese instante los cierra. Entones Lola reacciona:
–¡Viejo! –repitió manteniendo firmeza en su voz–, no te preocupes por eso; la muerte no es nada, si fuera algo, de seguro no nos moriríamos, no vendría por nosotros. Ella es como un saludo a algo nuevo. ¿Recuerdas? Un saludo. Sí, como cuando fuimos a la finca y llegamos a la casa y Evangélico salió moviendo la cola y tú lo saludaste y luego le regalaste un pedazo de fruta que guardabas; sí, así es la muerte, además, sé que irás a mejor lugar. ¡Viejo! Apriétame la mano.
El viejo sin fuerzas apretó su mano. La mamá de Lola y yo nos quedamos mirando cómo el viejo sacaba el esfuerzo del cuello. Ella seguía acariciando sus dos manos y de vez en cuando soltaba una leve sonrisa. Por la expresión de su rostro podía ver que la partida de este viejo decrépito iba a dolerle mucho, que no sólo estábamos acompañando a un desconocido mientras se moría, mientras nos dejaba sus últimos suspiros, no, era diferente, era una especie de despertar en medio de las tinieblas. Hubiera sido mejor no acompañarla a este lugar; me producen asco, miedo, sofocamiento, ansiedad. No soporto estas paredes blancas, esta iluminación de zombies, esa esperanza perdida por la vida ni la falsa amabilidad de las enfermeras. Me aterra pensar que algún día podría llegar acá y morirme como lo está haciendo aquel viejo; sin que a nadie le importe, con poca familia alrededor y dándome alientos para morirme tranquilo… ¡Para morir tranquilo? ¡Cómo podría morir yo tranquilo? ¡Nadie podría morir tranquilo si sabe que morirá! Es absurdo pensar en eso, además, no puedo imaginar las palabras que podrían decirme en mi lecho: ¿la muerte es otro camino?, ¿debes morir para que otros vivan?, ¿no hay nada que hacer?, ¿descansa que pronto morirás?, ¡no! Me sería más útil escuchar las metáforas de Lola.
El viejo respiraba con dificultad, exhalando sus últimos segundos, su agonía era como el principio de la eternidad.
–¡Viejo! –dijo Lola–. No te preocupes si te mueres. Lo que debes hacer en este momento es pensar en lo que vas a decirle a nuestro Señor de mí –la mamá de Lola la miró a los ojos con un rostro de indignación, luego volteó la mirada hacia el rostro arrugado y agónico del viejo; los ojos estaban bien cerrados, las respiración era dificultosa y no más movía algunos dedos de la mano que Lola le sostenía entre las suyas–. Cuando llegues allá arriba, le dirás al Señor que me agilice las gestiones que tengo acá, además, si las cosas me salen bien sabré que eres tú quien me estará ayudando. ¿Verdad viejo? ¿Verdad que cuando te mueras vas a hablar con el Señor para que me ayude acá abajo? Y también le dirás que soy una bacana, bueno; él ya lo sabe, pero no me vendría mal que le repitieras…
Cada vez que Lola decía algo su mamá se persignaba. El viejo seguía apretándole la mano, y la expresión del rostro se me asemejaba a la de un recién nacido que duerme mientras alguien pone el dedo en su mano y él se ocupa de apretarlo con una ligereza de polluelo. Pude ver que la mamá de Lola murmuraba algo, pero mirando la expresión de su rostro deduje que era uno de esos oxidados Padrenuestros. Lola lo veía con una ternura cruel. Los segundos parecían horas y nuestras vidas parecían vacías. A veces pensaba que ese viejo que moría era yo, como si los papeles hubiesen sido intercalados y a mí me correspondiera morirme. Cada vez que lo miraba un frío de tumba recorría mi espalda, y cuando veía con qué esfuerzo apretaba los dedos de Lola, el estómago comenzaba a dolerme.
–¡Viejo, viejo! –dijo Lola–, no te olvides de mí que yo no me olvidaré de ti. ¿Recuerdas todo ese tiempo que viviste en mi casa? Parecías un fantasma, y no por tu apariencia, era porque nunca te veía. ¿Recuerdas que un día te lo dije? ¿No? –luego miró hacia una ventana que dejaba entrar el aire seco de anochecer–. Bueno, igual no recuerdo si esto te lo dije un día, pero tú sabes cómo soy yo mi querido cabeza rapada, invento tantas cosas… ¡Viejo! Te extrañaré si haces lo que te dije.
La mamá de Lola se persignó por última vez y con una voz casi apagada le dijo:
–¡Señorita! ¿No estás viendo que él está a punto de morirse y tú jugando con su conciencia? ¿Con lo poco que le queda de vida? ¡Dios mío! Si sigues hablando de esa forma no sé qué podría…
Lola no la miró. De su boca salió una ligera sonrisa, cargada de piedad, de ambición. Era extraño tener que presenciar un espectáculo como este; preferiría un campo de concentración, o el hundimiento de un barco, o una pandemia, cualquier cosa menos esto. Estaba volviéndome loco. Mi cuerpo quería huir de este manicomio.
–Viejo –repitió Lola–, no te hubieras muerto, me caías bien, así hayas vivido dos meses y veinte días en mi casa, me caías bien, pero lo que en realidad necesito es que le digas al Señor lo buena que he sido; sé que me ayudarás…
Entonces la enfermera abrió la puerta y todos la vimos entrar. Su uniforme radiaba luz y hacía que los ojos nos ardieran. Se acercó a la cama y le tomó el pulso al viejo con una paciencia que nos confundió. Lola miraba hacia la ventana y su mamá seguía murmurando entre dientes. La enfermera muy despacio y con una voz suave dijo a la mamá de Lola que ya era hora de que nos fuéramos. Ella asintió con la cabeza; tomó sus cosas y empujó suavemente a su hija con una mano. Miré a Lola pero no me regresó la mirada; seguía suspendida en el tiempo, en aquella percepción del cielo de un séptimo piso, sin decir nada, sin inmutarse, sin moverse, extrañando con delicadeza al viejo que pronto moriría. Al darse cuenta que seguía viva, besó por última vez la mano del viejo y rápidamente salimos de la habitación. No hubo tiempo para despedidas y eso me sorprendió. Mientras caminábamos por un pasillo blanco Lola dijo que no volvería a presenciar un espectáculo como este.
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